miércoles, 10 de noviembre de 2010

Una lágrima

Angustiada, mira hacia alrededor. Ya ha conseguido escapar de su cárcel de marfil. Su condena, su prisión. Observa con curiosidad esa puerta redonda. De color verde oscuro, su gran belleza se ve cercada por unas feroces enredaderas rojas, que fluyen como el agua a lo largo de esas paredes esféricas de mármol. De repente, empieza a caer. Se resbala a través de negras estacas que protegen lo que ha sido su celda durante tanto tiempo. Se abraza a una de ellas. Renuncia instintivamente a dejarse llevar, a perecer. Es inútil. La gravedad puede más que ella. Sin remedio, continúa deslizándose, entre vanos intentos de frenarse. Se retuerce, se revuelve, se agarra firmemente al poroso suelo de este interminable desierto vertical, dejando tras de sí una estela húmeda que denota sufrimiento, tristeza. Una vida fugaz como consecuencia de pequeños pinchazos en el alma de una persona. Y sabe que se acerca su fin. Lo puede apreciar en la oscuridad del horizonte. No hay nada. La penumbra acecha tras esta loma suave y sedosa. Avanza lentamente. Escala hasta su sentencia final. A nadie le gusta morir. Quizá por eso permanece al borde. Por sus ganas de vivir. Por encontrarle un sentido a su vida. Porque sabe que su muerte no va a cambiar nada. Un paso más, y todo se esfuma. Se hunde en el vacío, asumiendo su destino.
No es la primera lágrima que él derrama por ella.